Ayer fue mi primer día tomando el curso de Relato Sucio en el salón Bombay. Sabía que el ex-cabaret ya no era lo que en sus mejores (o peores) tiempos. Actualmente se parece más a un centro cultural underground que a otra cosa. La verdad es que no me desagradó porque, a riesgo de parecer ñoño e ingenuo, no estoy acostumbrado a esa clase de lugares que están más allá de la frontera del giro cantinesco. Es más, podría decir que, sin ser un "living", el amplio espacio que se abrió apenas atravesé el umbral de la entrada era razonablemente acogedor. Pese a las mesas de plástico y los vencidos sillones con tapizado color hueso.
Me parece recordar que el piso de la pista es cuadriculado en blanco y negro, como un tablero de ajedrez. A saber qué clase de partidas se jugaron en ese suelo. Debo confirmarlo, de todos modos regreso el próximo martes. El techo está cubierto de fragmentos rectangulares de papel aluminio. Al fondo, contrario al acceso principal y a la barra, hay un escenario. Me imagino que en ciertas ocasiones se hará alguna representación, un performance o presentaciones de libros. Les digo: ahora es un centro cultural.
Aún con mi cara de extraviado tomé una silla y una mesa que estaban desocupadas y saqué de mi inseparable mochila el libro que estoy leyendo en estos momentos: Lunar Park, de Bret Easton Ellis. A los pocos minutos un chico gordo se sentó en la misma mesa. Lo observé durante un segundo y me resultó evidente que iba al salón por motivos parecidos a los míos porque, antes incluso de sentarse, lo que hizo fue poner sobre la rayada superficie una libreta de forma francesa. Pasta dura color naranja, con una liga para mantenerla cerrada.
Ya cerca de la hora convenida para iniciar el curso (las 16:00), escuché la voz de Carlos Camaleón, el profesor, y me levanté a saludarlo. Él, amable y sonriente como siempre. Caminamos a la barra, intercambiamos cervezas por dinero, brindamos como dios manda y entre unas palabras y otras esperamos a que se juntara el grupo.
Al final, a la mesa terminamos sentándonos unas 12 personas. 2 de ellos sólo estaban probando una cucharadita del curso, viendo si les gustaba. No recuerdo los nombres de todos pero conforme los vaya conociendo, estoy seguro, me los aprenderé. Evidentemente recuerdo a Javier y Alí, con quienes tomé el curso de aprender a escribir terror (también impartido por Camaleón); Aydee Bravo, editora de El Under Ediciones y esposa de Carlos y al señor jefe de Relaciones Públicas de la cantina Dos Naciones, donde no hace ni dos semanas se presentó un libro, nacido del taller de Narrativa del mismo Camaleón.
Es claro que no entraré en detalles de lo que vimos en la clase pero sí quiero rescatar el hecho de que, como en los primeros días de clase en la primaria y en la secundaria, nos presentamos por nombre y expusimos los motivos por los que decidimos aprender a escribir relato sucio. En mi participación, nervioso, les expuse que en un principio yo no iba a tomar el curso pues trataba un género que no conozco bien (nada, mejor dicho) y que además, aunque fuera de manera literaria, atentaba contra las limitaciones morales que yo mismo me había impuesto a lo largo de los años, y que se reflejaban en las historias que escribía. Las razones de mis compañeros se parecían en que pocos sabían mucho del género, pero creo que fuí el único que apeló a la autocensura como un obstáculo. Una barrera que estoy decidido a saltar. Por eso terminé entrando al taller.
Les dejo de tarea que investiguen qué es el relato sucio para que sepan del lío en el que me he metido.
Hasta la vista.
miércoles, 27 de junio de 2012
martes, 26 de junio de 2012
Curso - Taller de Relato Sucio
Esta tarde me voy al Salón Bombay (ex-cabaret y ex muchas otras cosas) a tomar el curso para aprender a escribir Relato Sucio. Al regreso platicaré como estuvo.
domingo, 24 de junio de 2012
Bienvenidos
Recuerdo que cuando era niño, uno de los primeros libros que tengo conciencia de haber leído (y aún lo hago de manera mas o menos periódica) fue La Historia Interminable, de Michael Ende. Leer sobre las aventuras fantásticas del indio piel verde Atreyu me hacían desear como él. Nunca he conocido a la vetusta Morla, ni he montado sobre Fujur, el dragón de la suerte, pero sí he manejado tortugas (Morla era un quelonio pero gigante); ni he montado un dragón blanco, pero sí algunos cocodrilos, así que de una u otra forma mi deseo de ser como Atreyu se ha cumplido.
Sean, pues, bienvenidos a este recinto virtual donde alojo rastros de mi ego, este sí bastante real. Leerán, si así lo deseean, mis reseñas de películas, libros y sucesos varios. Ocurrencias y una que otra invitación a evento que encuentre interesantes... o que me entere de su existencia porque soy mucho despistado.
¡Buen viaje!
Sean, pues, bienvenidos a este recinto virtual donde alojo rastros de mi ego, este sí bastante real. Leerán, si así lo deseean, mis reseñas de películas, libros y sucesos varios. Ocurrencias y una que otra invitación a evento que encuentre interesantes... o que me entere de su existencia porque soy mucho despistado.
¡Buen viaje!
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