Los sonidos del mundo exterior, que
antes llegaban atenuados por capas de piel, músculo y placenta,
ahora inundan mis oídos con rudeza. En mi cálida y líquida casa
(de la que me acaban de echar, por cierto), la temperatura era
constante y agradable; oscura, no como ahora, cuando tengo que cerrar
los párpados fuertemente para que la luz no me lastime ¡Maldita
luz!
Ya he dicho que fui desalojado con
violencia de mi caldeado hogar, y donde me encuentro ahora las
corrientes me hacen tiritar de frío, ¡quiero regresar! ¡Yo no
pertenezco aquí! Muevo los brazos inútilmente, mis dedos no logran
aferrar nada. Parece que estoy colgado por los pies, una tenaza los
envuelve y aprisiona muy juntos ¿Qué sucede? ¡Déjenme ir! De
repente, un intenso dolor en mis nalgas me obligó a abrir la boca y
aspirar con una bocanada esa cosa molesta que huele tan mal en estos
momentos.
Estoy demasiado enojado para ponerme a
gritar, abro los ojos y lo primero que veo es la mirada burlona de un
gigante. Sólo los ojos de aquel monstruo son apreciables pues la
mayor parte de su rostro, si lo tiene, está cubierta por telas de un
color desconocido. Sigo observándolo detenidamente, con la mirada
entornada, hasta que me doy cuenta de algo: su mano, furtiva, se
acerca otra vez a terrible velocidad hacia mis nalguitas... ¡Dolor!
Ahora sí grito con ganas. Todos a mi
alrededor parecen muy felices, disfrutando con mi pesar. Para este
momento ya he descubierto que un montón de criaturas enormes y
ruidosas, misteriosamente parecidas a mí, me rodean. Unos ríen y
otros se abrazan como si algo muy divertido pasara. Supongo que no
entienden mis reclamos pues, a viva voz, le reclamo a ese líder
energúmeno sin rostro:
—¡Vas a ver cuando crezca, infeliz!

