viernes, 12 de octubre de 2012

La amenaza invisible



Por: Biólogo Zombie

El sol se ponía sobre el horizonte, lento e imparable. Las múltiples capas de espacio y atmósfera entre la estrella y yo, el solitario vigía, distorsionaban la luz que venía del astro, frenaban las longitudes de onda más cortas y briosas, como las azules, pero nada podían hacer contra las extendidas y lánguidas ondas amarillas y rojas. Es por eso que los atardeceres son tan bonitos: porque la atmósfera es discriminadora. 

El tono brillante del crepúsculo me deslumbró e hizo parpadear muy rápido. Durante unos segundos veo el mundo como si fuera una película en “stop motion”, una película de horror. En la planicie pude contar diez reanimados caminando en cualquier dirección. Unos cuantos años atrás, esa zona habría estado llena de criaturas, ahora sus apariciones se iban haciendo cada vez más esporádicas. 

El primer reanimado apareció en las calles de la ciudad hace más de diez años, nadie supo cómo o de dónde llegó esa plaga que en muy poco tiempo casi termina con la especie humana. Primero cerraron la Universidad, luego la delegación y al final la ciudad. De nada sirvió, la muerte llegó a cada rincón del globo tan rápido que muchos aún tenían mirada de estupefacción cuando sus vecinos se los empezaron a comer. Al final sólo los nerds, los frikis y grupos humanos parecidos lograron sobrevivir. Logramos ¿Por qué? Porque durante años fuimos los únicos que se prepararon para el apocalipsis zombie (que, por suerte, se pareció mucho a lo visto en películas, libros y cómics). Sabíamos dónde golpear, dónde escondernos. Nadie tuvo que venir a decirnos cómo conseguir recursos ni refugios. Todo estaba en las películas de Romero, Argento y Wiene; en los libros de Brooks, Loureiro y Keene.

Casimiro “el tuerto” González, un francotirador del ejército nos donó su rifle de largo alcance cuando puso en práctica sus mortales habilidades bélicas en si mismo al volarse la tapa de los sesos con una 9 milímetros (que nadie quiere usar después de eso, por cierto). Ahora que el campo está relativamente despejado podemos pegar unos cuantos tiros sin atraer demasiados enemigos nuevos. La política del refugio es mantener los campos aledaños totalmente limpios, así que la diversión estaba asegurada.

Les asigno números del 1 al 10. El orden ante todo. Me gusta dispararle a los altos primero. Con el paso del tiempo hay manías, hábitos extraños, que se van acrecentando en cada quién (o aparecen), para apaciguar la mente en períodos de estrés. El mío es ordenar las cosas por tamaño. Incluso las cosas que mato.

Los primeros dos, a quinientos metros de distancia, cayeron rápidamente. El resto intuyó, no sé como, que algo pasaba y se agitaron nerviosamente en sus lugares. Tres y Cuatro, a ochocientos veinte metros, se desplomaron sin cabeza después de recibir los tiros respectivos, sus cráneos ya debían estar muy debilitados por la descomposición. Cinco, Seis y Siete, los más cercanos visibles, cayeron con profundos y negros agujeros en sus cabezas. Ocho y Nueve, a casi un kilómetro, costaron un poco más de trabajo. Con un poquito de viento, las balas se desvían.

Busqué con la mira telescópica nuevos objetivos pero ya no había. Me ajusté el rifle sobre el hombro con la correa y di media vuelta para volver al refugio cuando recordé algo: había visto diez reanimados antes de comenzar a disparar y sólo había matado a nueve. Volví los ojos al campo para buscar al que faltaba. Entrecerré los ojos para aguzar mi vista pues la noche ya ganaba su sitio. No vi nada. Durante unos momentos más escudriñé el horizonte sin resultados ¿Conté mal desde el principio?

El ardiente dolor llegó del vientre; sentí cómo las capas más superficiales de la piel eran arañadas con dientes y uñas. Cuando al fin me animé a mirar abajo, una pequeña zombie, la que estaba al final de mi lista, sostenía una gelatinosa mezcla de visceras y piel al momento que succionaba un trozo de mi intestino delgado como si fuera spaghetti. El éxtasis animal reflejado en los pequeños ojos rasgados de la muerta viviente y los goterones de sangre coagulada escurriendo por su lacio cabello fueron las últimas cosas que vi antes de desmayarme. 

Tan ocupado estaba mirando a lo lejos que no vi a esta pequeña amenaza invisible...


 
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