viernes, 13 de julio de 2012

11 millas náuticas hasta la costa Parte II


Cuando bajé del techo una intensa actividad reinaba sobre el liso adoquín de la construcción. Tenía tanta prisa por enviar mensajes a mi novia y familia que no reparé en que había una pequeña multitud de vacacionistas; los que llegaron conmigo estaban armando las tiendas de campaña de las más variadas formas y usando muchas técnicas (ninguna eficiente). Los que ya estaban instalados ayudaban o se limitaban a contemplar a los recién llegados. De un rincón salían los espléndidos sonidos propios de una cocina en operaciones: aceite hirviendo, cuchillos picando y acaloradas voces pidiendo este u otro ingrediente. Sortee obstáculos hasta que llegué junto a mis compañeros, que armaban dos tiendas más o menos iguales casi en el centro del área.

—Amigos, deberíamos mover las tiendas más hacia la orilla. Si se fijan, por ese tragaluz nos va a caer toda el agua del mundo si llueve.
Mis tres amigos voltearon con gesto incrédulo hacia arriba y casi al unísono emitieron un desilusionado ¡Ah!

Afortunadamente encontramos suficiente espacio para colocar las casas juntas en una esquina del gran cuadro. Cuando terminamos de instalarnos anduvimos cada quién por su lado ayudando a los demás a terminar de poner sus tiendas. La más grande de todas las que llegué a ver pertenecía, por supuesto, a la familia estándar. Tenía dos habitaciones separadas por un espacio que les iba a funcionar como sala. Se veía muy nueva, como si la hubieran comprado especialmente para esta ocasión, lo que era bastante probable. Nunca había armado una tienda de esas características pero creo que todas siguen más o menos el mismo método: inserte aquí, pase por allá, amarre acá. La casa era tan grande que debimos acomodarla ofreciendo uno de los costados al centro de la sala, como el radio de una gran llanta. Cuando terminamos alguien soltó por ahí el llamado de la selva:

—¡¡¡A cenar!!!

A la mesa nos sentamos unas veinte personas. Había muchos niños ya, que desobedeciendo los recelos de sus padres se habían sentado todos juntos y hacían un escándalo como solo puede hacer uno a esa edad sin sentirse culpable. Nos sirvieron quesadillas de camarón, pollo y pescado; ostras asadas, deliciosas; agua de distintos sabores y galletas como postre. Como suele suceder en esta clase de situaciones el grupo todavía no estaba muy integrado y había manchones de charla; no así con los niños, quedaba claro. Mis amigos y yo comimos razonablemente rápido y con gestos educados nos retiramos de la mesa para salir a caminar. Los guié más hacia el norte rumbo a una loma alta en cuya cima había un faro. Si la idea era buscar señal de celular ese sería el lugar indicado, si no, la vista de todos modos valía la pena. Emprendimos la marcha manteniendo el océano a nuestra izquierda. No tardamos en dar con una pequeña playa en la que nos recomendaron no entrar descalzos, por los erizos. No íbamos preparados para nadar, así que seguimos de largo.

La colina del faro además de alta era bastante empinada y nos resbalamos en varias ocasiones sin mayores consecuencias, pero al final llegamos. La parte más alta de ese promontorio está llena a rebozar de bobo café, que es una especie de pájaro relacionado con los pelícanos aunque mucho más pequeño. Tiene las patas de un desvahido color amarillo y palmeadas, así que se mueven mejor en el agua que en la tierra. Por eso los llamaron pájaros bobos. El plumaje de su cuerpo es, como el nombre lo indica, de color café; su cobertura es compacta e impermeable, como si estuvieran enfundados en un traje de buceo, actividad para la cual los de su especie están maravillosamente adaptados.

La gran mayoría de las aves que veíamos en ese momento ya tenían polluelos, eso hacía la marcha hacia el faro algo penosa, nos recibían cerca de sus nidos con picotazos en los pies, graznidos de amenaza y corretizas. El faro en sí no era la gran cosa, se componía de una en apariencia frágil estructura de metal dispuesta en forma de barras cruzadas. El color que tendría era imposible de discernir por las capas y capas de guano que se había acumulado con el paso de los años. Se podía decir que su color actual era blanco cagado, descripción del todo certera. En lo alto de la torre la enorme lámpara que salvaba barcos del encallamiento entraría dentro de poco en funciones. 

—¿Podremos subir? —preguntó Ramiro ya subiendo el pie en el primer peldaño de la gástricamente nívea escalera.
—Sí, pero de uno en uno. —respondí.

Yo ya había mandado los mensajes que hacían falta así que, mientras mis amigos se turnaban para explorar el espacio al alcance de su brazo levantado, me senté en una piedra que daba hacia la cara de la colina opuesta a la que usada en el ascenso. El sol se ponía en el horizonte resaltando el ominoso contorno de las Islas Marías, a setenta kilómetros de aquí. Las nubes altas y distribuidas de manera magicamente regular mostraban su vientre de encendido color rojo; anaranjado en las partes más brillantes. El reflejo del sol en el mar era recto; las olas apenas lo distorsionaban. Una lancha, con su tripulación agotada que regresaba a puerto después de horas pescando, fue lo único que perturbó aquella pacífica imagen sin quitarle su belleza. Más lejos, por donde debería hallarse lo que en ese momento era el borde de mi mundo, se alzó el lomo el lomo negro de una ballena, expulsó un chorro de aire y agua bellísimo pero inaudible a esta distancia y volvió a sumergirse en las profundidades. 

—Al fin. ¡Por allí resopla! —dije, con una gran sonrisa, sin que me importaran las extrañadas miradas de mis amigos. Allá ellos si no entendían mis nostalgias melvillescas.

El tono de mensajes de mi celular me agarró por sorpresa. Apreté el botón de Leer.Lo escrito me llenó de una pesada incertidumbre. Algo doloroso después de haber contemplado la indómita belleza que me envolvía.

“Mi cielo. Están pasando cosas muy extrañas acá. No pensé que llegaría a decirte esto pero me alegro de que estés lejos. No vuelvas.”

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