Cuando bajé del techo una
intensa actividad reinaba sobre el liso adoquín de la construcción.
Tenía tanta prisa por enviar mensajes a mi novia y familia que no
reparé en que había una pequeña multitud de vacacionistas; los que
llegaron conmigo estaban armando las tiendas de campaña de las más
variadas formas y usando muchas técnicas (ninguna eficiente). Los
que ya estaban instalados ayudaban o se limitaban a contemplar a los
recién llegados. De un rincón salían los espléndidos sonidos
propios de una cocina en operaciones: aceite hirviendo, cuchillos
picando y acaloradas voces pidiendo este u otro ingrediente. Sortee
obstáculos hasta que llegué junto a mis compañeros, que armaban
dos tiendas más o menos iguales casi en el centro del área.
—Amigos, deberíamos
mover las tiendas más hacia la orilla. Si se fijan, por ese tragaluz
nos va a caer toda el agua del mundo si llueve.
Mis tres amigos voltearon
con gesto incrédulo hacia arriba y casi al unísono emitieron un
desilusionado ¡Ah!
Afortunadamente encontramos
suficiente espacio para colocar las casas juntas en una esquina del
gran cuadro. Cuando terminamos de instalarnos anduvimos cada quién
por su lado ayudando a los demás a terminar de poner sus tiendas. La
más grande de todas las que llegué a ver pertenecía, por supuesto,
a la familia estándar. Tenía dos habitaciones separadas por un
espacio que les iba a funcionar como sala. Se veía muy nueva, como
si la hubieran comprado especialmente para esta ocasión, lo que era
bastante probable. Nunca había armado una tienda de esas
características pero creo que todas siguen más o menos el mismo
método: inserte aquí, pase por allá, amarre acá. La casa era tan
grande que debimos acomodarla ofreciendo uno de los costados al
centro de la sala, como el radio de una gran llanta. Cuando terminamos alguien
soltó por ahí el llamado de la selva:
—¡¡¡A cenar!!!
A la mesa nos sentamos unas
veinte personas. Había muchos niños ya, que desobedeciendo los
recelos de sus padres se habían sentado todos juntos y hacían un
escándalo como solo puede hacer uno a esa edad sin sentirse
culpable. Nos sirvieron quesadillas de camarón, pollo y pescado;
ostras asadas, deliciosas; agua de distintos sabores y galletas como
postre. Como suele suceder en esta clase de situaciones el grupo
todavía no estaba muy integrado y había manchones de charla; no así
con los niños, quedaba claro. Mis amigos y yo comimos razonablemente
rápido y con gestos educados nos retiramos de la mesa para salir a
caminar. Los guié más hacia el norte rumbo a una loma alta en cuya
cima había un faro. Si la idea era buscar señal de celular ese
sería el lugar indicado, si no, la vista de todos modos valía la
pena. Emprendimos la marcha manteniendo el océano a nuestra
izquierda. No tardamos en dar con una pequeña playa en la que nos
recomendaron no entrar descalzos, por los erizos. No íbamos
preparados para nadar, así que seguimos de largo.
La colina del faro además
de alta era bastante empinada y nos resbalamos en varias ocasiones
sin mayores consecuencias, pero al final llegamos. La parte más alta
de ese promontorio está llena a rebozar de bobo café, que es una
especie de pájaro relacionado con los pelícanos aunque mucho más
pequeño. Tiene las patas de un desvahido color amarillo y palmeadas,
así que se mueven mejor en el agua que en la tierra. Por eso los
llamaron pájaros bobos. El plumaje de su cuerpo es, como el nombre
lo indica, de color café; su cobertura es compacta e impermeable,
como si estuvieran enfundados en un traje de buceo, actividad para la
cual los de su especie están maravillosamente adaptados.
La gran mayoría de las
aves que veíamos en ese momento ya tenían polluelos, eso hacía la
marcha hacia el faro algo penosa, nos recibían cerca de sus nidos
con picotazos en los pies, graznidos de amenaza y corretizas. El faro
en sí no era la gran cosa, se componía de una en apariencia frágil
estructura de metal dispuesta en forma de barras cruzadas. El color
que tendría era imposible de discernir por las capas y capas de
guano que se había acumulado con el paso de los años. Se podía
decir que su color actual era blanco cagado, descripción del todo
certera. En lo alto de la torre la enorme lámpara que salvaba barcos
del encallamiento entraría dentro de poco en funciones.
—¿Podremos subir?
—preguntó Ramiro ya subiendo el pie en el primer peldaño de la
gástricamente nívea escalera.
—Sí, pero de uno en uno.
—respondí.
Yo ya había mandado los
mensajes que hacían falta así que, mientras mis amigos se turnaban
para explorar el espacio al alcance de su brazo levantado, me senté
en una piedra que daba hacia la cara de la colina opuesta a la que
usada en el ascenso. El sol se ponía en el horizonte resaltando el
ominoso contorno de las Islas Marías, a setenta kilómetros de aquí.
Las nubes altas y distribuidas de manera magicamente regular
mostraban su vientre de encendido color rojo; anaranjado en las
partes más brillantes. El reflejo del sol en el mar era recto; las
olas apenas lo distorsionaban. Una lancha, con su tripulación
agotada que regresaba a puerto después de horas pescando, fue lo
único que perturbó aquella pacífica imagen sin quitarle su
belleza. Más lejos, por donde debería hallarse lo que en ese
momento era el borde de mi mundo, se alzó el lomo el lomo negro de
una ballena, expulsó un chorro de aire y agua bellísimo pero
inaudible a esta distancia y volvió a sumergirse en las
profundidades.
—Al fin. ¡Por allí
resopla! —dije, con una gran sonrisa, sin que me importaran las
extrañadas miradas de mis amigos. Allá ellos si no entendían mis
nostalgias melvillescas.
El tono de mensajes de mi
celular me agarró por sorpresa. Apreté el botón de Leer.Lo
escrito me llenó de una pesada incertidumbre. Algo doloroso después
de haber contemplado la indómita belleza que me envolvía.
“Mi
cielo. Están pasando cosas muy extrañas acá. No pensé que
llegaría a decirte esto pero me alegro de que estés lejos. No
vuelvas.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario