No logré
que Sonia, me respondiera el teléfono; ni mensajes ni llamadas.
Durante unos minutos escuché, o intenté escuchar, las apagadas
conversaciones que mis amigos tenían con sus conocidos. Los
murmullos se perdían entre el escándalo de la colonia de aves, el
lejano tronar del oleaje y la sangre fluyendo por mis orejas al ritmo
de la creciente preocupación.
Cuando
los otros tres volvieron de sus respectivos aparatos tenían una cara
de desconcierto similar a la mía. No hacía falta preguntar por qué,
pero alguien lo hizo.
—¿Les
llegaron las nuevas? —preguntó Iván.
—No
todas. —respondí mientras embolsaba mi teléfono. — Mensajeaba
con Sonia y solo alcanzó a decirme que pasaban cosas muy raras allá.
—Eso
parece. —intervino Ramiro —Tengo un amigo trabajando en los
Servicios Médicos de la Universidad y según él tuvieron un día de
locos.
—¿Te
contó algo? —me interesé.
—Sí,
aunque creo que se guardó los peores detalles. Me cuenta que
temprano en la mañana de hoy les llegó de emergencia un fulano que
traía la mano amputada. Parecía loco, atacó a todos los que se le
acercaron; mordió y arañó a unos cuantos y ahora atienden varios
casos de infección severa.
—¿Infección?
— cuestionó Billy.
—Sí,
al parecer el sujeto llevaba un par de días atrapado en una coladera
cerca de una facultad. Se imaginarán la cantidad de bichos que ese
infeliz traía cargando. ¿A tí te contaron algo, Billy?
—No,
nada. Al menos no mi familia. No he podido contactar a ninguno de
ellos. —la preocupación en esa frase era más que evidente.
—Estoy
seguro de que están bien. Siempre han sido gente muy precavida. Eso
nos dices todo el tiempo. No tardarán en ponerse en contacto.
—Sí.
Están bien —Billy no sonaba muy convencido de sus propias
palabras. —Pero otros amigos sí que me han contado cosas. El caos
se desató en la ciudad a una velocidad increible. Veintitantos
millones de personas amontonadas sólo necesitan un buen pretexto
para volverse locas.
—De
por si que nuestro pequeño terruño nunca ha sido bandera del orden
—dijo Ramiro, completando —, pero esto rebasa cualquier
pronóstico: barrios enteros están en llamas; las policías de toda
clase no se dan abasto, claro, nunca se lo van a dar si la mitad del
cuerpo está ocupado en saquear a diestra y siniestra. Algunos
bieintencionados están instalando irrisorios puntos de contención
sanitaria ¿Qué pasa, Iván?
El
aludido se tomó su tiempo antes de intervenir. Golpeaba suavemente
su celular contra el labio inferior.
—A
ustedes no les dijeron mucho por lo que veo. Mi hermano no se tomó
tantas molestias en guardar algún secreto. —dijo sin mirarnos. —
La cosa va más allá de lo raro, mucho más allá. El caso
que mencionaste, el de la Universidad, parece haber sido el primero
que salió a la luz, nada más. —Al final dirigió su vista a todos
y a ninguno en particular. —Él trabaja en un servicio de entrega
de despensas de supermercado a domicilio y se conoce muy bien las
calles del Distrito Federal. Me ha dado pelos y señales de los
efectos de esa extraña enfermedad que mata en cuestión de horas y
te trae de regreso convertido en un salvaje come-hombres; esas son
las palabras que usó. Obviamente, nadie parece saber dónde o cómo
se originó lo que sea que esté acabando con las personas, pero como
el primer caso se reportó en la Universidad ya hay unos idiotas
proponiendo que todo esto se trata de un complot tramado por
científicos en busca de poder sobre las conciencias de todos.
Irónico, pues los reanimados estos parecen carecer de conciencia.
“Mi
carnal hizo algunos recorridos en su moto antes de que las calles se
volvieran intransitables y vio escenas terribles: hombres comiendo
hombres, padres de familia con sus hijos en brazos huyendo de hordas
de infectados; algunos otros, como buenos mexicanos que eran
aprovecharon el desconcierto general para saquear hasta vaciar
cualquier comercio o casa en su camino. Lo último que alcanzó a
decirme es que había logrado refugiarse en un edificio inacabado en
la colonia Roma. No sabe nada de nuestros padres y demás familia.”
—¿Y
qué están haciendo las autoridades? —pregunté aún cuando
adivinaba la mitad de la respuesta.
—Puras
idioteces —. Ramiro tomó una piedra del suelo y la arrojó tan
lejos y con tanta furia que no alcancé a ver si siquiera cayó en la
costa bajo nuestros pies; yo diría que no, que llegó hasta el
océano. —Cerraron la Universidad, como si la enfermedad se hubiera
generado ahí. La ciudad ya estaba sitiada desde dentro. Dudo que
cerrando los accesos logren más, digo, no creo que esos Locos, tomen
solo avenidas principales. —Ramiro rió, pero su gesto carecía por
completo de diversión.
—Ya
veo por qué Sonia no me quiere de regreso. —comenté, incapaz de
decir algo más inteligente.
—No
solo estamos lejos del hogar ahora —reflexionaba Iván. —,
estamos lejos de un hogar que a lo mejor ya ni existe a nuestro
regreso.
Una
quinta voz intervino a mis espaldas. Una voz cascada por el sol, la
sal y el alcohol de pésima categoría.
—No
regresarán. —dijo eso, nada más.
Me di la
vuelta y frente a mí estaba Poli, uno de los pescadores de la
isla. Baja estatura, con la constitución que ororgaba su oficio:
delgado, fibroso; piel recia como la corteza de un árbol. No era un
hombre viejo, aunque lo parecía, solo estaba acabadísimo por la
dura vida que llevaba. Las arrugas que poblaban su rostro eran tan
profundas que la luz mortecina de la tarde no llegaba al fondo.
Cuando hablaba, esas simas solo se hacían más notorias. Tenía la
nariz quebrada y un tanto desviada a la derecha. Nunca me dijo cómo
se ganó aquella herida; puedo especular: una pelea de bar, un
accidente en el mar, o una simple caída. La parquedad de sus
palabras no me sorprendió ni me pareció sospechosa. Poli
nunca fue hombre de muchas palabras. Cuando no quería responder algo
se limitaba a soltar una risita nasal que podía significar cualquier
cosa. En esta ocasión ni eso dejó escuchar.
Dejé
las adivinanzas y le pregunté.
—¿Cómo
está eso de que no vamos a regresar?
—Acabamos
de hablar con capitanía de puerto, parece que hay mucho disturbio
allá de donde vienen ustedes. Están usando todo lo que tienen:
Marina, Ejército y Policía. Según entendí no tienen tiempo ni
interés en rescatar turistas en una isla. Además, dicen, parece ser
el lugar más seguro en el que pueden estar.
—Pero
si la Marina no nos trajo, fueron los de la cooperativa turística.
—recordó Billy. —Ellos pueden llevarnos de regreso.
—Para
empezar no creo que quieran, y aunque quisieran, en San Blas nadie
los dejará desembarcar. Si la mitad de las cosas que he visto en la
tele son ciertas de verdad creo que es mejor quedarnos aquí.
—¿Y
qué han estado pasando en la tele, Poli? —pregunté.
El
viejo pescador unicamente emitió su risa nasal, ahora carente
de la habitual picardía. Esa clase de gestos se estaban volviendo la
moda isleña.

A la espera de la próxima parte. Me quedé intrigadísimo.
ResponderEliminarFelicidades de antemano.