Han pasado varios días desde la última
comunicación con el mundo exterior. Desde aquél triste mensaje que
recibí en un atardecer no volví a saber nada ni de Sonia ni de
ningún miembro de mi familia. Si mal no recuerdo fue Iván el último
en recibir noticias de su gente. Ese hermano suyo tan listo había
logrado hacerse un refugio aceptable en el ruinoso edificio donde se
escondió por primera vez, pero la electricidad en toda la ciudad
estaba caída y cuando se agotara la batería de su teléfono le
sería imposible pasar más noticias. Si encontraba alguna forma de
mantener en funcionamiento esa pila seríamos los primeros en
enterarnos. Es el día en que no hemos vuelto a saber nada de él. Ya
ni quiero hacer cuentas.
En la isla tenemos un sistema de celdas
solares que nos alumbra de noche y mantiene vivas las bateriás, el
problema es que ante las malas noticias del mundo exterior no hay
quién se anime a mantener un radio encendido.
La supervivencia los primeros días fue
bastante complicada, y algunos fenómenos naturales recientes nos
hicieron pasar momentos muy difíciles. Apenas ayer amainó una de
las tormentas más severas que hayan golpeado Isla Isabel en los
últimos años. De no haber sido por ese techo más o menos estable
no sé qué habría sido de nosotros. Durante al menos tres días el
cielo se caía a pedazos, hubo truenos y vientos fuertísimos que
derribaron muchos árboles y mataron a decenas o centenas de aves. De
no ser por los relojes de cada quién habría sido imposible saber la
hora del día pues el cielo estaba tan encapotado que la luz del sol
no lograba traspasar hasta nosotros. Vivimos una espantosa noche de
setenta y dos horas. Supusimos que un huracán de gran magnitud había
pasado cerca de nosotros; que nuestro hogar forzado quedó en el
camino de al menos uno de los brazos de la gran tormenta. Nadie había
dado la alarma desde tierra firme porque seguramente ya no había
nadie allá capaz de hacerlo. Si ese monstruo de viento y agua llegó
al continente debió haber causado una destrucción sin precedentes.
Antes y de la tormenta tuvimos serías
diferencias internas en cuanto a lo que convendría hacer en nuestro
napoleónico encierro, aún ahora discutimos acaloradamente sobre
ciertos aspectos. La mayoría de esas dificultades hemos podido
resolverlas pacíficamente, por suerte. Teníamos la fortuna de
contar con la experiencia práctica de algunos pescadores; nos
enseñaron el modo de conseguir alimentos del mar y la preparación
de cada cosa. Resultó que el padre de la familia estándar era
técnico en electrónica y se encargó de mantener en un estado
respetable las radios de onda corta, celulares y otros artefactos que
conforme pasa el tiempo se van volviendo más y más obsoletos. Los
hippie fresas alternativos no eran muy útiles en cuestiones
técnicas, pero sabían mantener a los niños entretenidos y hasta
les armaron una pequeña escuela. No he presenciado sus clases pero
hace poco los vi preparando un pequeño terreno para cultivo. La
importación de semillas a la isla con finalidad de cultivarlas
estaba prohibida por su estatus especial de reserva; dadas las
circunstancias no nos pareció que alguien fuera a castigarnos por
intentar salvar nuestras vidas. Las simientes de la escasa variedad
de frutas y verduras con la que contamos salieron, es evidente, de la
comida fresca que sobrevivió a los días de normalidad y a los
otros.
La tarea de mi grupo de amigos,
biólogos todos, se ha enfocado más en preparar a nuestra pequeña
comunidad para vivir mucho tiempo en este lugar. Hallar el modo de
procurarnos recursos para años venideros. Muchas de las cosas que
planeamos van a transformar y perjudicar esta área protegida, pero
tenemos prioridades. Lo primero que hicimos fue construir con
alambres desechados de motores inservibles una alambrada para un
criadero de iguanas. Aún no sé si dará resultados; sí sé que ya
tenemos una buena cantidad de reptiles, hembras y machos, encerrados.
Esperamos empiecen a reproducirse dentro de poco. Podríamos dejar
que las cosas sucedieran de manera natural, la gran desventaja de ese
plan es que a veces lo natural lleva demasiado tiempo.
El refrigerador consume demasiada
energía así que hemos decidido dejar de usarlo. Los alimentos deben
ser conservados con la sal que extraigamos del mar, para lo que
improvisamos una desalinizadora en una de las ruinosas estructuras
aledañas a nuestro campamento. Todos los días acarreamos agua desde
la playa hasta allá para que el sol la evapore. Generalmente al
final del día ya tenemos algo de sal para usar. No conocemos métodos
tradicionales para refinarla así que la consumimos como sale.
El agua dulce es un gran problema; en
esta isla solo hay una fuente natural de la que podamos extraerla y
no queremos agotarla, así que actividades suntuarias como los baños
con agua potable están estrictamente prohibidos. La higiene personal
por poco efectiva que pueda ser debe realizarse en el mar. La gran
tormenta de hace unos días, aunque causó muchos estragos, también
dejó importantes cantidades de agua que debemos proteger a toda
costa de la rápida evaporación. Mucha quedó atrapada en aljibes
impermeabilizados así que basta con tenerlos siempre bien tapados
para conservar el contenido limpio y fresco. Otra parte la
almacenamos en garrafones de plástico y vidrio guardados en una
bodega bajo llave. Las lluvias aquí no son abundantes; siendo
sinceros, estoy convencido de que antes de la próxima lluvia
tendremos de nuevo problemas con el agua.
Por alguna gracia desconocida muchos de
nuestros proyectos sobrevivieron a la tormenta y no hubo que empezar
de cero otra vez. Sí efectuamos reparaciones en la cerca de las
iguanas pero afortunadamente ninguna había escapado.
El cerro del faro se convirtió en
nuestro puesto de observación. Habíamos asumido lo vano de los
esfuerzos en la vigilancia pero los momentos de soledad en la guardia
nos servían para desahogar las presiones a las que nos veíamos
sometidos: la convivencia obligada con las mismas personas todo el
día todos los días era el más importante de todos. No saben lo
difícil que se vuelve sacar temas de conversación nuevos en un
grupo reducido habiendo vivido todos las mismas aventuras. He
empezado a inventarme sucesos y estoy seguro de que los demás han
hecho lo propio.
Hace tres días dejó de llover y
apenas hoy el cielo se ha despejado. El tiempo cambia asombrosamente
rápido y aun cuando ayer una gruesa capa de nubes nos aislaba
totalmente de los benéficos y ansiados rayos del sol, hoy tenemos un
cielo azul esplendoroso. Si algo nos quitó la tormenta fue la
ventajosa altura de esa endeble estructura de metal que de manera
pretenciosa hacíamos pasar por un faro. Menos mal que tuvimos la
gran idea de remover el sistema fotovoltaico que suministraba energía
al enorme foco para otros usos más importantes. Ya no esperábamos
buques de rescate buscándonos. Voy a mi roca favorita, que da hacia
el este, a tierra y me siento. Antes tuve que quitar con un amable
empujón de bota a cierto bobo café que competía conmigo por la
posesión de esa piedra.
Como en cualquier otro día claro, las
montañas de Nayarit son perfectamente visibles desde la isla, a once
millas náuticas de distancia. Ni siquiera en los buenos tiempos la
acción humana sobre la tierra era visible desde aquí; solo de noche
las luces de las ciudades y puertos se reflejaban en las nubes y
denotaban su presencia. Ahora las estrellas dominaban el firmamento
nocturno apreciable, tal y como había sido durante millones de años.
Cuando me detenía a apreciar este paisaje no podía evitar pensar
que era el último hombre sobre la tierra. En estos momentos puede
que no sea el último, pero me acerco bastante.
Algo que flota en el agua al noreste de
mi posición, a la izquierda, llama mí atención. Parece una
multitud de objetos flotantes que lograron mantenerse ocultos de mi
vista por la distancia, el reflejo del sol en las olas y por el
simple hecho de no haber estado mirando en esa dirección. Pienso que
han de ser escombros traidos desde la costa por las corrientes. Debo
dar aviso a los otros sobrevivientes pues es probable que entre toda
esa basura traida por las corrientes haya algo que nos sirva:
necesitamos cocos para tener una fuente renovable de protector solar,
vaya que la necesitamos. Me dispongo a dar de gritos (en esta
silenciosa isla puede escucharse una voz fuerte a varios cientos de
metros de distancia) cuando me doy cuenta de lo que realmente
conforma esa masa de desperdicios… ¡son Locos! ¡Muertos
vivientes! Infectados que de algún modo misterioso cayeron al
océano; arrastrados por el oleaje de la tormenta en el continente, o
arrancados de la cubierta de algún infortunado barco en medio del
infierno marino. ¡Han venido a dar a este paraíso gracias a las
negras artes de la Fortuna!. Veo formas tambaleantes que han llegado
a la costa. Veo seres terribles que andan sin rumbo en nuestro
bosque, se tropiezan, caen y se levantan… ¡¡Oh, Dios mío!! ¡¡LOS
VEO!!

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